Historia motivadora: El niño sordo que oyó.

Es una historia motivadora que puedes contar a tu hijo o que puedes tomar de referencia para motivarte a inculcar estados mentales positivos que puedan ayudarle a la conseguir cualquier cosa que se plantee en la vida así como lo hacemos en la escuela de Fútbol.

Piense y hágase rico

Compra el libro de pasta blanda

Esta historia es un fragmento del libro “Piense y hágase rico” de Napoleón Hill y lo utilizamos como referencia a nuestra frase motivadora de la semana “Mientras mas grandes sean tus pruebas, mas grandes serán tus victorias”.

Si te interesa adquirir el libro en su versión digital en kindle haz clic en este enlace o si prefieres lo libros físicos, has clic en la miniatura del libro.

Como culminación adecuada de este capítulo, quiero presentar a una de las personas más inusuales que he conocido. Lo vi por primera vez unos minutos después de su nacimiento. Vino al mundo sin ningún rastro físico de orejas, y el médico admitió, cuando le pedí una opinión sobre el caso, que el niño sería sordo y mudo de por vida.

Me opuse a la opinión del médico. Estaba en mi derecho pues era el padre del niño. Tomé una decisión y me formé una opinión, pero la expresé en silencio, en el secreto de mi propio corazón. Decidí que mi hijo iba a escuchar y a hablar. La Naturaleza podía enviarme un niño sin orejas, pero la Naturaleza no podía inducirme a aceptar la realidad de la aflicción.

En mi interior supe que mi hijo iba a escuchar y hablar. ¿Cómo? Estaba seguro de que tenía que haber una manera y yo sabía que la encontraría. Pensé en las palabras del inmortal Emerson: “El curso de las cosas acontece para enseñarnos la fe. Sólo tenemos que obedecer. Hay claves para cada uno de nosotros, y si escuchamos con humildad, oiremos la palabra justa”.

¿1a palabra justa? ¡El deseo! Más que cualquier otra cosa, yo deseaba que mi hijo no fuera sordomudo. De ese deseo no renegué jamás, ni por un segundo.

Muchos años atrás, yo había escrito: “Nuestras únicas limitaciones son las que hemos creado en nuestras propias mentes”. Por primera vez, me pregunté si esto era cierto. Acostado en la cama frente a mí estaba un niño recién nacido, sin los órganos naturales de la audición. Aunque pudiera oír y hablar, obviamente estaría desfigurado de por vida. Sin duda, se trataba de una limitación que el niño no se había formado en su propia mente.

¿Qué podía hacer yo al respecto? Encontraría alguna forma de trasplantar a ese niño mi propio deseo ardiente de dar con medios y maneras de hacer llegar el sonido a su cerebro sin la ayuda de los oídos.

Tan pronto como el niño tuviera edad suficiente para cooperar, yo llenaría tanto su mente con aquel deseo ardiente de oír, que la Naturaleza lo traduciría a la realidad física por sus propios métodos.

Todos estos pensamientos ocurrieron en mi propia mente, pero no se los dije a nadie. Todos los días renovaba la promesa que me había hecho a mí mismo de no aceptar que mi hijo sería sordomudo.

Cuando creció y empezó a percibir las cosas que lo rodeaban, vimos que tenía un grado leve de audición. Cuando alcanzó la edad en que los niños suelen comenzar a hablar, no hizo ningún intento por hablar, pero podíamos ver por sus actos que podía oír ligeramente ciertos sonidos. iEso era todo lo que yo quería saber! Estaba convencido de que si podía oír, aunque fuera poco, también podía desarrollar una mayor capacidad auditiva. Entonces sucedió algo que me dio esperanzas. Surgió de una fuente totalmente inesperada.

Compramos una vitrola. Cuando el niño escuchó la música por primera vez, entró en éxtasis y rápidamente se apropió de la máquina. En una ocasión, puso una canción una y otra vez, durante casi dos horas, de pie frente a la vitrola, con los dientes apretados en el borde de la caja. La importancia de este hábito auto-formado sólo se hizo claro para nosotros varios años después, pues nunca habíamos oído hablar del principio de “conducción ósea” del sonido en ese momento.

Poco después de apropiarse de la vitrola, descubrí que podía oírme con claridad cuando le hablaba y mis labios tocaban su hueso mastoides o la base de su cerebro. Cuando descubrí que podía oír perfectamente, comencé a transferirle de inmediato mi deseo ardiente de que oyera y hablara. En ese momento él se esforzaba para decir algunas palabras. El panorama estaba lejos de ser alentador, pero el deseo respaldado por la fe no conoce la palabra imposible.

Después de decidir que podía escuchar claramente el sonido de mi voz, empecé a transferirle inmediato mi deseo de que oyera y hablara. Pronto descubrí que el niño disfrutaba cuando yo le contaba cuentos antes de dormir, así que empecé a inventar historias para que él desarrollara la autonomía y la imaginación, así como un profundo deseo de escuchar y de ser normal.

Había un cuento en particular en el cual insistí, dándole un tono nuevo y dramático cada vez que se lo contaba. El objetivo era sembrar en su mente la idea de que su dificultad no era una limitación sino un activo de gran valor. A pesar de que la filosofía que yo había examinado indicaba claramente que toda adversidad trae consigo la semilla de una ventaja equivalente, debo confesar que yo no tenía la menor idea de cómo esta aflicción podría convertirse en una ventaja. Sin embargo, continué con mi práctica de inculcarle esa filosofía en los cuentos antes de dormir, esperando que él encontrara un plan por medio del cual pudiera convertirse en algún propósito útil.

La razón me dijo claramente que no había una compensación adecuada por la falta de orejas y de órganos auditivos. El deseo respaldado por la fe empujó a un lado la razón, y me inspiró a seguir adelante.

Al analizar esta experiencia en términos retrospectivos, ahora puedo ver que la fe de mi hijo en mí tuvo mucho que ver con sus sorprendentes resultados. Él no puso en duda nada de lo que le dije. Le vendí la idea de que tenía una clara ventaja sobre su hermano mayor, y que esta ventaja se reflejaba de muchas formas. Por ejemplo, los profesores en la escuela verían que él no tenía orejas, oído hablar del principio de “conducción ósea” del sonido en ese momento, por lo cual le brindarían atención especial y lo tratarían con una amabilidad extraordinaria. Siempre lo hicieron. Su madre se aseguró de que así fuera, al visitar a los profesores y hablar con ellos para que le prestaran al niño toda la atención necesaria. Le vendí la idea, también, cuando fue lo suficiente mente mayor para vender periódicos (su hermano mayor ya era un vendedor de periódicos), que tendría una gran ventaja sobre su hermano, por la sencilla razón de que la gente le pagaría más dinero, pues podía ver que él era un muchacho brillante y trabajador, a pesar de no tener orejas.

Vimos que la audición del niño mejoraba poco a poco. Por otra parte, él no tenía la menor tendencia a ser tímido a causa de su aflicción. Cuando tenía unos siete años, mostró la primera prueba de que nuestro método de apoyo estaba dando sus frutos. Durante varios meses suplicó el privilegio de vender periódicos, pero su madre no quiso dar su consentimiento. Tenía miedo de que las calles fueran peligrosas para él debido a su sordera.

Entonces se ocupó del asunto por sus propios medios. Una tarde, cuando se quedó en casa con los criados, subió por la ventana de la cocina, salió y se estableció por su cuenta. Le pidió seis centavos de dólar en préstamo al zapatero del barrio, lo invirtió en periódicos, los vendió, reinvirtió el dinero, y repitió la operación hasta tarde en la noche. Después de hacer sus cuentas y de pagar los seis centavos, obtuvo una ganancia neta de cuarenta y dos centavos. Cuando llegamos a casa esa noche, lo encontramos en la cama durmiendo, con el dinero apretado en su mano.

Su madre le abrió la mano, sacó las monedas, y lloró. iEso me sorprendió! Llorar por el primer triunfo de su hijo me parecía inapropiado. Mi reacción fue todo lo contrario. Me reí de buena gana, porque yo sabía que mi esfuerzo por sembrar en la mente del niño una actitud de fe en sí mismo había tenido éxito.

Su madre veía, en su primera aventura de negocios, a un niño sordo que había salido a la calle y arriesgado su vida para ganar dinero. Yo veía a un pequeño hombre de negocios, valiente, ambicioso y lleno de confianza en sí mismo, cuyo valor había aumentado un ciento por ciento, porque había hecho negocios por su propia iniciativa, y había ganado. Esto me agradó, porque yo sabía que mi hijo había dado pruebas de un rasgo de ingenio que lo acompañaría toda la vida. Los acontecimientos posteriores demostraron que esto era cierto. Cuando su hermano mayor quería algo, se tiraba en el suelo, ponía sus pies en el aire, lloraba y lo conseguía. Cuando el “niño sordo” quería algo, planeaba una manera de ganar el dinero y luego lo compraba. iY todavía practica ese plan!

En verdad, mi hijo me ha enseñado que los obstáculos se pueden convertir en peldaños sobre los cuales se puede escalar hacia una meta valiosa, a menos que sean aceptados como obstáculos, y se utilicen como excusas.

El niño sordo asistió a la escuela primaria, a la secundaria y a la universidad sin poder escuchar a sus profesores, salvo cuando le gritaban de cerca. No fue a una escuela para sordos. No le permitimos que aprendiera el lenguaje de los sordomudos. Estábamos decididos a que él debía llevar una vida normal y estar con niños normales, y mantuvimos esa decisión, aunque nos costó muchas discusiones acaloradas con funcionarios escolares.

Mientras estaba en la escuela secundaria, ensayó un audífono eléctrico pero no le dio resultado; pensamos que se debía a una condición revelada cuando el niño tenía seis años, cuando el doctor J. Gordon Wilson, de Chicago, operó un lado de la cabeza de nuestro hijo y descubrió que no tenía rastros de órganos auditivos.

Durante su última semana en la universidad (dieciocho años después de la operación), sucedió algo que marcó el punto de inflexión más importante de su vida. En lo que parecía ser una mera casualidad, entró en posesión de otro aparato auditivo eléctrico que le enviaron para probar.

Estuvo indeciso en probar el aparato, debido a su decepción con el anterior. Finalmente tomó el  instrumento, lo colocó en su cabeza, conectó la batería, y ¡sorpresa! Como por arte de magia, ¡su deseo permanente de tener una audición normal se convirtió en una realidad! Por primera vez en su vida escuchó prácticamente tan bien como cualquier persona con audición normal. “Dios actúa de formas misteriosas para realizar sus maravillas”.

Lleno de alegría por el mundo nuevo que acaba de percibir por medio de su aparato auditivo, corrió hacia el teléfono, llamó a su madre, y oyó su voz perfectamente. Al día siguiente, escuchó con claridad las voces de sus profesores en clase, ¡por primera vez en su vida! Anteriormente sólo podía oírlos cuando le gritaban de cerca. Escuchó la radio. Oyó lo que decían en las películas. Por primera vez en su vida, pudo conversar libremente con otras personas, sin la necesidad de que le hablaran en voz alta. En verdad, había entrado en posesión de un mundo distinto. Nos habíamos negado a aceptar el error de la naturaleza y, gracias al deseo persistente, habíamos inducido a la naturaleza a corregir ese error a través de los únicos medios disponibles.

El deseo había comenzado a pagar dividendos, pero la victoria todavía no era completa. El muchacho aún tenía que encontrar una manera clara y práctica para convertir su desventaja en una ventaja equivalente.

Apenas sin darse cuenta de la importancia de lo que había logrado, pero embriagado con la alegría de su mundo recién descubierto del sonido, le escribió una carta entusiasta al fabricante del audífono, describiéndole su experiencia. Algo en su carta, algo que tal vez no estaba escrito en las líneas sino en el fondo, hizo que la compañía lo invitara a Nueva York. Cuando fue allí, lo llevaron a visitar la fábrica, y mientras hablaba con el ingeniero jefe y le contaba acerca de su mundo recién descubierto, una corazonada, una idea o inspiración, o como quiera llamársele, acudió a su mente. Fue este impulso del pensamiento lo que convirtió su limitación en una ventaja, destinada a pagar dividendos en dinero y en felicidad a miles de personas en todos los tiempos venideros.

El resumen y la esencia de ese impulso del pensamiento fue así: se le ocurrió que podría ser de ayuda para los millones de sordos que viven sin el beneficio de los audífonos, si él pudiera encontrar la manera de contarles la historia de su mundo recién descubierto. En ese instante decidió dedicar el resto de su vida a prestarles un servicio útil a quienes tenían dificultades para oír.

Durante todo un mes, realizó una investigación exhaustiva, analizando todo el sistema de comercialización del fabricante de audífonos, e ideando formas y medios de comunicación con personas sordas en todo el mundo con el propósito de compartir con ellos su mundo recién descubierto. Una vez hecho esto, puso por escrito un plan de dos años basado en sus investigaciones. Cuando le presentó el plan a la empresa, fue contratado de inmediato para llevar a cabo su ambición.

Poco había soñado, cuando empezó a trabajar, que estaba destinado a llevar esperanza y alivio a miles de sordos que, sin su ayuda, habrían estado condenados para siempre a la sordera.

Poco después se asoció con el fabricante de su audífono y me invitó a una conferencia organizada por su compañía, con el propósito de enseñarles a oír y hablar a los sordomudos. Nunca había oído nada semejante, y fui a la conferencia con escepticismo, pero también con la esperanza de no desperdiciar mi tiempo por completo. Vi una demostración que me dio una visión muy ampliada de lo que había hecho yo para despertar y mantener vivo en la mente de mi hijo el deseo de una audición normal. Vi cómo les enseñaban realmente a escuchar y hablar a los sordomudos, a través de la aplicación del mismo principio que yo había utilizado más de veinte años atrás, para salvar a mi hijo de la sordera.

De este modo, a través de algún extraño giro de la Rueda del Destino, mi hijo Blair y yo hemos estado destinados a ayudar a corregir la sordera de los que no han nacido todavía, porque hasta donde yo sé, somos los únicos seres vivos humanos en haber establecido definitivamente el hecho de que la sordera se puede corregir en el sentido de que las personas que sufren esta aflicción puedan llevar una vida normal. Si se ha hecho por el bien de un individuo, se hará para el bien de los demás.

No hay duda en mi mente de que Blair hubiera sido sordomudo toda su vida, si su madre y yo no hubiéramos logrado moldear su mente del modo en que lo hicimos. El médico que lo ayudó a venir al mundo nos dijo confidencialmente que el niño no iba a poder escuchar ni hablar. El doctor Irving Voorhees, un famoso especialista en estos casos, examinó cuidadosamente a Blair. Quedó asombrado cuando se enteró de lo bien que mi hijo escucha y habla ahora, y dijo que su estudio señaló que “en teoría, el niño no debería poder escuchar”. Pero lo cierto es que Blair oye, a pesar del hecho de que los rayos X muestran que no hay apertura en el cráneo donde sus orejas deberían conectarse con el cerebro.

Cuando sembré en su mente el deseo de escuchar y hablar, y de vivir como una persona normal, al lado de ese impulso hubo una influencia extraña, la cual hizo que la naturaleza construyera puentes y abarcara el abismo de silencio entre el cerebro y el mundo exterior, utilizando unos medios que los médicos especialistas más agudos no han podido descifrar. Sería un sacrilegio para mí conjeturar la forma en que la naturaleza hizo este milagro. Sería imperdonable si yo me olvidara de decirle al mundo todo lo que sé sobre el humilde papel que tuve en esta extraña experiencia. Es mi deber y privilegio poder decir que creo, y no sin razón, que nada es imposible para la persona que respalda el deseo con una fe perdurable.

En verdad, un deseo ardiente tiene formas oscuras de transmutarse en su equivalente físico. Blair quería tener una audición normal, ¡y ahora la tiene! Él nació con una limitación que fácilmente podría convertir en limosnero a una persona que tuviera un deseo menos definido. Esa incapacidad promete ser un medio por el cual él le presta un servicio muy útil a millones de personas duras de oído, y le dará también un empleo útil con una compensación financiera adecuada por el resto de su vida.

Las pequeñas “mentiras piadosas” que sembré en su mente cuando era un niño, al hacerle creer que su limitación se convertiría en una gran ventaja que podría capitalizar, se justificó a sí misma. En verdad, no hay nada, correcto o incorrecto, que la creencia, además de un deseo ardiente, no pueda hacer realidad. Estas cualidades están al alcance de todos.

En toda mi experiencia al tratar con hombres y mujeres que tenían problemas personales, nunca he manejado un solo caso que demuestre con mayor claridad el poder del deseo. Los autores a veces cometen el error de escribir sobre temas de los cuales tienen conocimientos superficiales o muy elementales. He contado con la buena fortuna de haber tenido el privilegio de poner a prueba la solidez del poder del deseo, a través de la aflicción de mi propio hijo. Tal vez fue providencial que la experiencia ocurriera tal como lo hizo, porque seguramente no hay nadie mejor preparado que él para servir como ejemplo de lo que sucede cuando el deseo es puesto a prueba. Si la Madre Naturaleza se inclina a la voluntad del deseo, ¿es lógico que simples hombres puedan derrotar a un deseo ardiente?

iEl poder de la mente humana es extraño e imponderable! No entendemos el método por el cual utiliza cada circunstancia, cada individuo, o cada cosa física a su alcance, como una forma de transmutar el deseo en su equivalente físico. Es probable que la ciencia pueda descubrir este secreto.

Yo sembré en la mente de mi hijo el deseo de escuchar y hablar como lo hace cualquier persona normal. Este deseo se ha convertido en una realidad. Sembré en su mente el deseo de convertir su mayor desventaja en su mayor ventaja. Ese deseo se ha cumplido. El modus operandi por el cual se logró este sorprendente resultado no es difícil de escribir. Constaba de tres hechos muy concretos. En primer lugar, mezclé la fe con el deseo de una audición normal, y se lo transmití a mi hijo. En segundo lugar, le comuniqué mi deseo en todas las formas posibles, por medio de un esfuerzo persistente y continuo, durante varios años. En tercer lugar, ¡él me creyó!

Espero que esta historia motivadora te sirva de referencia para inducir la fe en tu hijo. Recuerda realizar cualquier cosa con fe y por lo tanto, podrá conseguir lo que desee.